El viejo Topo, julio/agosto 2001, nº 154/155
Joan M. Minguet



Vindicación de José María Nunes

        En 1997, la asociación Española de Historiadores del Cine (AEHC), tras una ya larga singladura, tomó la decisión de instituir unas medallas honoríficas que premiaran desde su singular perspectiva, a personalidades que se hubiesen significado tanto en el campo industrial como en el historiográfico en España. Una de esas primeras medallas fue otorgada, intuyo que por la encomiable iniciativa de Julio Pérez Perucha, presidente de la AEHC, al cineasta José María Nunes.
        Aquella medalla se entregó en el congreso que la asociación realizó en Cáceres en 1997, pero ahora, durante el mes de mayo, ese homenaje ha sido subrayado con la programación de sendos ciclos de películas nunesianas que, en colaboración con la AEHC, han realizado las filmotecas de Barcelona y Valencia. Esta oportunidad de revisar el cine de Nunes no ha hecho más que refrendar lo acertado de aquella decisión: homenajear a un cineasta al que la miopía de la crítica muchas veces ha postergado en beneficio de títulos y tendencias hoy afortunadamente olvidadas.
        Mallarmé hablaba de la "palabra vacía" para referirse a los malos poetas. Tal vez, podríamos hablar de la "imagen vacía" para referirnos a aquellos cineastas que son capaces de rodar y montar una película, pero no logran que detrás de esa imagen haya algo más que la estricta visualidad. José María Nunes no es, sin duda, uno de éstos. Su cine, muy al contrario, es un cine de ideas, sus imágenes nunca están vacías, sino repletas de significados y sugerencias poéticas. Las películas de Nunes apelan a la inteligencia, al arte en su sentido de secular reflexión sobre el hombre y su entorno.
        Esencial, también moderno. En su primera película, Mañana... (1957), el protagonista que hilvana los distintos relatos que componen el film, papel interpretado por José María Rodero, se dirige al espectador y lo interpela, haciéndole partícipe de sus reflexiones y de su humana melancolía. Ese mismo recurso transgresor lo utilizaría Godard al principio de su Al final de la escapada (1959) cuando su protagonista se dirige al espectador y le suelta una hiriente boutade. Años después, en Noche de vino tinto (1966), Nunes escruta silenciosamente con la cámara el rostro de Serena Vergano; poco después, en Biotaxia (1967), hace lo mismo con la cara impasible de Núria Espert, en un plano alargado hasta el límite de lo semántico. Acaso esos planos de Nunes los generase bajo el mismo pálpito que hará que Jean-Marie Straub realice para televisión su primordial Crónica de Ana Magdalena Bach (1967). Pero no nos engañemos, lo de Nunes tiene un mérito redoblado, porque sus hallazgos expresivos y sus ideas artísticas debe desarrollarlas en un entorno cultural muy alejado de los que podían disfrutar Godard, Straub y tantos otros cineastas.

José María Blanco en Amigogima

        Un día le oí decir que en sus películas ningún personaje diría algo tan banal como "buenos días". Ojalá los guionistas de las teleseries españolas fueran capaces de comprender el significado profundo de tal afirmación. Nunes no pretende reflejar la realidad: "la realidad suele resultar deficiente por más buena que sea", escribió Delmore Schwartz. En su cine, no encontramos el lenguaje de la realidad, sino un modelo literario, un modelo plástico, un modelo creativo que vive y se sustenta en la capacidad de la representación. ¿Qué duda cabe? Nunes y su cine han ido siempre contra corriente. Félix Fanés, en el acto celebrado en la filmoteca de Barcelona, proponía una lectura de sus películas y de su propia personalidad bajo la estela del "artista del hambre" de Kafka, el cual se había mantenido fiel a sus presupuestos estéticos a pesar de la incomprensión y del rechazo.
        En efecto: mi vindicación de José María Nunes se sustenta en sus películas, pero se refuerza aún más en su constancia, en su compromiso con los ideales de liberación del individuo, en su visionaria fe en la capacidad transformadora que su cine puede ejercer en los sujetos sensibles e inteligentes. Repito: en sujetos sensibles e inteligentes, no importa el número concreto. Querer asociar el cine de ideas de Nunes con la "audiencia" ese necio tributo que la cultura ha decidido pagar a la estadística, es un camino inmoral. El cine de José María Nunes, como el de tantos otros outsiders que la industria y la crítica menosprecia o vapulea, se merece la más alta consideración intelectual que seamos capaces de ofrecer.